Estas hablando de lo que sea, con alguien que crees que te conoce y al o a la que crees conocer, pues nadie puede presumir de tener el privilegio de saber lo que pasa por cabeza y corazón ajenos y antes de un minuto en menos de dos frases la conversación cambia hasta límites insospechados.

Ese es el misterio de las conversaciones:

-¿Te acuerdas de cuando cogiste aquel gato que habían atropellado?- Me pregunta L.R.- Aquel por el que nadie daba dos duros,- ahora serían euros- que los primeros días M.J., tu prima, siempre iba a verlo, hasta que se le pasó la novedad ¡claro!.

-Sí, me acuerdo que lo escondí en la casita del refugio, que sólo iba por la noche a ponerle la comida para que mi abuela no sospechara nada.-Me da por sonreír

-¿Tú fuiste la que una vez metió en la conejera aquellos gatillos?- Sigue preguntando.

-Sí, fuimos mi padre y yo, a la coneja se le habían muerto las crías, pero seguía teniendo leche…- Claro que me acuerdo, y de cómo mi abuela le preguntó a mi padre “si no se había muerto ningún conejillo” que hubiese jurado que sí.

-Y aquella vez que durante las fiestas viste un perro abandonado en la carretera y te lo quedaste o el otro lleno de pulgas que metiste en la bañera y que a tu hermana casi le da algo…

Llegado a este punto de la conversación, sospecho, pienso mal, el estómago se me encoge, sé que no terminará bien.

-Lo que no entiendo es para que te hiciste vegetariana, una cosa es que te gusten los animales, pero comer hay que comer de todo…

-Bueno ya lo sé, eso pasó- Digo queriendo decir " ¿Y eso a qué viene ahora?"

-Y de qué te valió todo lo que hiciste-

¡Lo sabía, estaba segura que con algo me tenía que salir!

-¿De que te valió a ti L. R.?- Pregunto a la defensiva

-¿A mí? De nada, ya ves- Contesta sarcástica.

-Pues a mi de todo lo contrario,- Me da por no sonreír. soy la suma de todas aquellas experiencias, quizá el resultado no sea tan bueno como yo quería, tampoco sé hasta que punto mi vida sería diferente de no haberme restringido la carne todo aquel tiempo.

-Si ya te lo decíamos todos, que no hicieras tonterías, que los ricos se lo pueden permitir…

-A día de hoy ya no me arrepiento de lo que hice. Quizá no lo hago por una razón: que estoy bien.

Lo demás no tiene importancia, lo que me dijo después, lo que no le dije yo. Antes gastaba mucho tiempo en intentar convencer a los demás, ahora me controlo un poco más y los dejo hablar y hacer. Yo jamás compartiré su punto de vista ni ellos el mio, y seguiré con la mosca detrás de la oreja.