Estoy pensando en los sueños, en las horas de libertad que se toma nuestro cerebro para decirnos lo que le da la gana, para vivir sin ver ni oír, oyendo y viendo lo que quiere él. Y he hecho un resumen de mis mejores y peores sueños.

Entre los peores, destacan tres: el primero fue una pesadilla que se me repitió durante dos años intermitentemente,después de salir del hospital la primera vez, soñaba que el diablo me poseía. Ha sido el peor momento que “he vivido con los ojos cerrados”.

El segundo en mi E.D.S. (escala de sueños) fue uno que tuve cuando empezó la guerra de los Balcanes. Soñé que era una de ellos y que me escondía de “los malos” sentí lo mal que se pasa cuando te apuntan con un arma y crees que vas a morir, pero yo desperté.

El tercero es uno en el que soñé que se me reventaban los pulmones.

Buenos, ha habido tantos, que no sabría con cual quedarme, siempre se dice eso, pero suele ser mentira, sí sé cual es el mejor.

El primero que recuerdo es uno que tuve a los seis años sobre un bosque que había cerca de mi casa en el que descubrí un árbol que que era el refugio de una pareja de hadas.

Y el más curioso en mi E.D.S. es uno en el que me miraba los brazos y me daba cuenta de que yo era negra.

Pues esta noche mi cerebro me ha presentado a Sabina. Llovía y yo me refugiaba en un restaurante de pueblo, y en una de las mesas estaba Joaquin que me invitaba a lentejas. Después al despedirnos él me quería dar un beso y yo le contestaba: “yo nunca doy besos, nunca” Él sonrió y yo le choqué la mano y me fui por un camino lleno de almendros en flor.