Último viernes de abril. Estaba en casa con M.M. y E.C. mi gato. Yo tumbada en el sofá casi dormida, la mesa de la sala con algunos platos de la comida aún, un trozo de pan redondo, un vaso de yogur vacío, los platos (los de la noche anterior, la mañana y los últimos usados) esperando en el fregadero. La cama sin hacer, uno de esos días en los que está todo patas arriba. (Los platos casi siempre) Nunca lo dije, pero también 'capamos' al interfono, el telefonillo. Se oyen tres golpecitos en la puerta. Supongo que me cambia la cara, lo noto sin verme. ¡Alerta!, me levanto de un salto del sofá. M. M. ha ido a abrir. Mi primera reacción, además de abrir los ojos como platos, (como queriendo decir ¿y quién c…. viene ahora a mi búnker? Pues un amigo, a presentar a su novia.) salir corriendo hacia dónde sea en dirección contraria a la puerta de entrada de la casa. Segunda, ponerme una ropa más decente (y quitarme la comodísima bata de abuelita que llevo puesta), ponerme unas zapatillas, que con las prisas dejé las mías en la salita, peinarme un poco, ya que de estar tumbada tengo el pelo como la chica ye-ye de Concha Velasco e intentar serenarme. Noto que estoy empezando a sudar y me tiemblan las manos. Salgo a saludar pensando: “esto no se hace (mira que arregladita va ella) esto es a traición (y yo con la cara de sueño y la vista perdida)” ¡Idea! Si les ofrezco un café “tengo excusa para desaparecer un rato más”.