Salí con M.M. Llevamos un solo paraguas. Llovió, llovió como le dio la gana. Llovió hasta tal punto, que me dio igual meter los pies en los charcos (las calles eran uno). Nos empapamos las piernas y los hombros, yo el derecho M.M. el izquierdo. No sé porque he subestimado a mis zapatos marrones. Me protegieron más de lo que creía. Tener los pies mojados es muy desagradable y demasiado incomodo. No volveré a subestimar a mis zapatos. Subimos al autobús. Y llegamos al destino previsto:

Nos quedamos a comer por allí, junto al mar, en un restaurante enfrente de la playa.
Mereció la pena. 
Imaginamos la puesta de sol que se produjo tras las nubes. El camarero, me dijo un par de piropos. M.M. sonreía todo el tiempo. Olvidé que tenía las piernas y el hombro mojados.


12 feb 2006 | 04:20 PM
...Asi que se acordó que tenía unos de oro que le regaló una amiga nuestra hace tiempo,y se puso a buscarlos,y aqui estan:
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