Hace tiempo, cuando mis abuelos vivían, mis primos eran compañeros y no tenían más de dos defectos para mí, los mayores eran el enemigo y nunca estaba cansada; conocí a un ser muy especial. Aquella casa-finca, era un premio, fue un paraíso para nosotros (un préstamo que duró cuatro años) ocupó y ocupa “el sitio de cuento que siempre he soñado”. Me gustaba pasear sola por los jardines, el huerto, las balsas… y quedarme quieta, observando hasta el más mínimo movimiento. Sin molestar a la flora o la fauna que me rodeaba. Una mañana, me tumbé en la hierba, era un día cálido de septiembre me asomé a una de las balsas, en las que revoloteaban las libélulas. Miré mi reflejo en el agua, y vi que más allá crecían plantas, había piedrecillas y… aquel ser tan espontáneo. Era una ranita, pequeña, no mediría más que un huevo de gallina ¡Qué digo! ni la mitad. Y me miraba con sus ojitos verde-amarillos, a mi me parecía que sonreía. Metí la mano en el agua, quizá no debería haberlo hecho, hoy ni lo intentaría. Y allí estaba la ranita sin miedo acercándose a mi mano. Me cuesta mucho explicar porque era tan diferente a las otras ranas. Y creo que no voy a aclarar nada. Ella miraba y se pegaba a la pared de la balsa ¡y se dejaba caer hacia atrás! Como si estuviera jugando. Se quedaba boca arriba y luego se “incorporaba de nuevo”. Yo estaba tan encantada con mi amiga, que la quise presentar a mis primos y hermanas. ERROR, mis hermanas siempre han sido sensibles con los animales, pero mis primos siempre los confundieron con “juguetes”. Así que E. empezó a “agotar” a la ranita. La sacaba del agua, la tocaba, la volvía a tocar y la dejaba caer en el agua. Pasaron unos días, yo me entristecí, y creía que había sido la peor clase de amistad para aquel ser. Intentaba entretener a mis primos en otros lugares de la finca. Y por las mañanas iba a ver a mi ranita. Que siempre me saludaba con su especial ritual.

Hasta que una mañana, la encontré flotando en el agua. Lo demás no importa, ni siquiera lo que dijeron mis primos, la envolví en un pañuelo y junto a mis hermanas la fuimos a enterrar al pinar. Han pasado más de dieciocho años, y la ranita, murió para el mundo pero nació para siempre en mí.