Hoy he salido a pasear con M.M. me ha dado el sol, él iba por la sombra y me decía:

-Ves por este lado que tu estás muy blanca y te hace falta. Me gusta salir con él, me siento más tranquila, en esos momentos no recuerdo que la gente me puede mirar. Yo me cojo de su brazo o de su mano y me olvido del mundo. En cambio cuando voy sola, las cicatrices de la mente se abren un poco, y sigue la paranoia. Creo que me miran, que hay alguien siguiéndome, a veces oigo pasos, pero hace años que deje de mirar hacia atrás, era una pérdida de tiempo. He pasado una semana un poquito mala, he tenido muchos calambres en la espalda (los nervios agarrotados, dientes apretados, y encima lo de la vecina, me han salido dos llagas en la boca) Hoy al pasar por delante de una joyería, me he parado en el escaparate (me encanta ver el “apartado” de animales y objetos de cristal, y cualquier piedra preciosa o “bonita” que tenga transparencias) M.M. me ha dicho que me diera un caprichito. Resultado, me he venido con dos pendientes y una gargantilla de oro. Me gustan, pues son pequeños, discretos, con unas piedrecillas rosadas y blancas. No me gusta comprar joyas. Manías que tiene una. Y encima soy alérgica a la plata y a todo lo que no sea oro. Mi piel tiene gustos de ricachona. Estos son mis segundos pendientes. Los llevaré en mis paseos y a su caja, que no pretendan más de mí. Que aprendan de los zapatos. Me los quito al entrar y me los pongo al salir.