Estoy cansada físicamente.

Esta tarde me cabreé por nada, un pequeño ataque de mala leche.

Rompí el colador que tenía en la mano, uno que ya estaba roto.

Luego lloré como una niña desconsolada o mejor dicho caprichosa, tirada en la cama, la almohada quedó mojada.

Llevo unos días con una intranquilidad interior que no soporto.

Un cambio de humor que no cesa, de bien a mal, de alegre a triste, de todo a nada.

Sé que no existen pero hay dos o cuatro imanes rodeando mi cabeza, que la atraen hacia los lados. Hace unos días eso sucedía de vez en cuando. Ahora mi culo imagina asientos en todas partes. Estar de pie se convierte en toda una aventura.

No sé que me está pasando, mi salud me esta dando un ultimátum.

Ayer por la tarde, bajé caminando (la cita, que arreglar no arregló nada) andaba y miraba la gente pasando en sus coches, no tenía ánimos, se me saltaban las lágrimas.

Pasó el tiempo, me relajé un poco. Aunque no lo suficiente. Una muñequita viva, con un vestido azul y mofletes colorados me miraba sacudiendo lentamente sus pestañas, sus ojos pintados de rabieta rosada, ya olvidada decían más que cientos de bocas que no callan. Casualidades de la vida, sonó un móvil, como si alguien hubiese pedido una canción, para dedicar a aquellos ojos oceánicos a la carita redondeada, a… la minúscula rompe corazones. El politono reventaba la canción, la mataba, la humillaba, la arrastró a un insulto o poco más, pero bueno. You’re beautiful. No era por las notas que envolvieron mis oídos, no por los nervios de la espera, pero se me calentaron los ojos.