Estar sentada en un banco, en cualquier parque viendo la gente pasar, oliendo el aroma de las pipas que comen dos quinceañeras unos metros más allá. Decidir a que hora debes regresar a casa. Por las calles que irás, recordar que tienes que comprar limones…

Y ser consciente de la época del año en la que vives. Puede parecer fácil, hasta una cosa de niños. Y no, para nada lo es. Cuando tu mente se convierte en tu enemiga, y las sombras de los árboles se mueven convirtiéndose en duendes que te observan, la gente que pasa no tiene caras normales, son ogros, gárgolas, engendros extraños. Si estás tranquilamente sentada en un banco de un parque, y olvidas qué época del año es, y notas que puedes oler el perfume a suavizante que se acerca cabalgando en la camisa de un niño que lleva un balón debajo del brazo a más de veinte metros... El tiempo desaparece y regresar a casa puede durar horas… Cuando el mundo se convierte en una película de miedo delante de tus ojos, y nadie “te cree” aunque les dices “la verdad”. Esa verdad que te muestra tu mente. Te vuelves “loca”.

Ves, oyes, hueles, sientes cosas que otros son incapaces. En mi caso el sueño se resumía a varias pesadillas un par de horas al día. La mente me consumía el cuerpo y los recuerdos.

Pero hoy soy feliz