Siempre hay un detonante, una chispa que enciende la mecha. Hay mechas físicas y hay otras psíquicas. ¿Y qué pasa si se juntan?

Que dan lugar a una bomba ¡La “locura”! Sí, tenía que explotarme, jugué demasiado. Y… perdí, Estaba en la playa, siempre en el agua, sólo salía para ir a los baños públicos y para comer. Aquel día, nadaron junto a mí decenas de pececillos de colores. Otros más grandes, saltaron muy cerca. Me sentía unida a la Naturaleza, era yo, y no tenía que esconderme de nada, ni fingir. Me quedaba quieta, dejaba que las medusas me rozaran, nunca me hicieron daño, tampoco aquella manta que acaricié. Siempre me dijeron que “hipnotizaba” a los animales y a los niños. Aquella tarde, el bocadillo era de atún. Me bloqueé. Y dije, no. No a comer animales muertos. La mecha estaba encendida.

Meses después…En aquella cena familiar, me seguía negando a comer un trozo de jamón serrano.